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e-ISSN: 1562-4072
Volumen 8, número 21  / Enero-Diciembre 2021  
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Entretiempo.

Omar Paredes


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Hubo un tiempo en el que quise que mamá muriera. Y no por su dolor sino por el mío, porque desde que enfermó comencé a morir también yo; porque en aquellos años la vida me transcurría eterna. 
            Se trataba de un tipo de cáncer, avanzado e incurable. Con la piel pegada a los huesos, su cuerpo se contrajo hasta hacerse nada. Tenía el tamaño de una niña. Me resultaba difícil creer que esa forma sin voluntad, sin alma, había sido mi madre. Obstinada, se negaba a dejar este mundo pronto.
            Con lo poco que le quedaba de fuerza seguía dominándome. No era necesario que me hablara, bastaba con verla a los ojos para saber que necesitaba de mí, de la compasión que siempre me negó.
            De vez en cuando encendía la radio, en la estación que ella acostumbraba a escuchar, y le permitía que añorara esos días en que su enfermedad parecía improbable, porque mamá fue una mujer fuerte. Agónica, tomaba mi mano y la mecía emulando un vals. Se desprendía de esa realidad que en ese momento era tan suya como mía. Me llamaba por el nombre de mi padre y susurraba que quería vivir muchos años, que quería ser feliz. Entonces encontraba mi rostro y sus deseos se rompían frente a nosotras:
            —Eres tú, Helena. Qué felices fuimos, hija. 
            Con el silencio yo intentaba prevenir lo inevitable:
            —Pero tenías que ser ingrata y matar a tu padre. Me enfermaste —mamá intentaba lastimarme apretándome el brazo, pero su poder se había apagado ya.
            Pude haberme soltado de esa mano cadavérica, salir de la recámara y abandonarla hasta que muriera, pero tenía razón: yo había provocado todas las desdichas de esta familia. Me quedaba a escucharla y a vivir cada una de sus palabras porque las merecía. Mamá no podía hacerme daño con sus golpes torpes; en cambio, sus palabras tenían el efecto de una bala que atraviesa las entrañas de un animal. Entendí que la muerte no podía ser benevolente con ninguna de las dos, que el final llevaba su tiempo. Así era la manera en cómo ambas pagábamos por nuestros pecados: ella sufría y yo la cuidaba paciente.
            Durante un tiempo se estancó, no mejoraba ni tampoco empeoraba. Pensé que si no se iba a curar con un milagro lo mejor era que se muriera de una buena vez. En su cama parecía no haber nada, solo una voz hueca que andaba por los pasillos retumbándome en la cabeza. A veces la escuchaba llamarme sin que lo hiciera. Fueron tiempos difíciles porque estábamos solas. Augusto no podía ayudarme porque ella lo aborrecía, no soportaba siquiera escucharlo andar por ahí. Lo rechazó desde que nació y a partir de ese momento se empeñó en hacernos sentir que no merecíamos el techo y la comida que nos daba.  
            No me extrañó que jamás pusiera de su parte. Mamá permanecía rígida y se aferraba a las sábanas para evitar el baño. ¡Qué repugnante era su olor! Un hedor que se impregnaba en mi ropa, manos y cabello. Trataba de ocultar la repulsión que mi madre enferma me provocaba.
            —¡Me estás lastimando, inútil! ¡Vete, déjame sola!
            La desvestía para limpiar su cuerpo con una toalla, pero ella, muchas veces, ensuciaba sus manos con mierda para tocarme el rostro. Sentía coraje, pero no podía dejarla. Limpiaba sus genitales llenos de mierda:
            —¿Te doy asco? —me preguntó—. No creo que puedas tener tanto como el que yo siento por ti. ¿Sabes por qué son las náuseas? Porque lo escuchó reír como si se burlara de mí. Y sé que eso hace. Sé que desea mi muerte tanto como tú.
            —Es un niño, mamá, no sabe nada.
            —¿Acaso no le has dicho? Que suba y le diré quién es —la toalla y sus piernas se ensuciaron cuando volvió a defecar—. Limpia la porquería pronto que tengo hambre.
            Entré al baño, tomé una toalla y la humedecí. Cogí del closet sábanas limpias. Mi ropa apestaba a ella, a su mierda, a ese asqueroso olor del cuerpo cuando se pudre poco a poco. Me quité la blusa y salí para limpiarla otra vez.
            —No sé por qué no me muero…
            Quité la porquería de entre sus piernas.
            —¡Habla, Helena! ¡Habla!
            —No se altere, mamá. No le hace bien.
            —¿Que no me altere? Qué bondadosa eres. Ojalá siempre hubieras sido así. ¡Se habrían ahorrado tantas tristezas en esta casa!
            —Voy por su merienda —me levanté para salir de la habitación, pero su voz descarnada me sujetó del cuerpo:
            —Dile a Augusto que suba, que venga a ver a su abuela. No quiero que piense que nunca lo amé. 
            —No, mamá. Augusto no va a venir. 
            —No cabe duda, eres una estúpida. 
            Salí de la recámara y eché llave a la puerta como se ocultan los secretos en una tumba.

Los recuerdos llegaron con una brisa vespertina que contrarrestó la pesadez de la rutina. Para mamá no eran días buenos: su alergia se agudizaba con la enfermedad. Los estornudos constantes le provocaban fuertes dolores en el abdomen. La ventana de su cuarto permanecía cerrada durante la temporada a fin de evitar que la humedad llegara hasta la habitación. Entonces Augusto podía salir al jardín y disfrutar de las tardes mientras yo preparaba limonada fresca. Juntos nos sentábamos a acariciar el pasto que crecía abundante. Él esperaba con ansia esos días para salir de nuestro cuarto porque al interior las diversiones estaban prohibidas.
            Cuando Augusto levantaba montículos de tierra y perseguía a las lagartijas que se mimetizaban entre las plantas, subí a verla. Abrí la puerta con precaución para evitar algún ruido por si dormía. Me acerqué y vi su rostro pálido: no tenía pestañas ni cejas y las grietas de la boca se expandían más allá de los labios atravesándole los pómulos. Tenía una expresión vacía. Imaginé por un momento que ese podría ser su semblante final, que esos párpados hundidos se habían cerrado para siempre acabando con todo, pero sentí su mano fría alcanzar mi brazo. El tacto de ese cuerpo buscando el mío me hizo retroceder con asco.
            —No soy estúpida, Helena. ¿Por qué me encierras? ¿Por qué me tienes en este maldito lugar?
            —No, mamá, no hice eso.
            —¿Por qué cambiaste las cortinas y cerraste la ventana?
            —Ya comenzaron los días de lluvia. Recuerde su alergia —me acerqué para ayudarla a incorporarse.
            —No quiero escucharlo reír, Helena.
            —No, mamá. No se preocupe por eso. ¿Cómo se siente?
            —Enferma, cómo quieres que esté. No puedo pararme de esta maldita cama. Ya no soporto el dolor de espalda. Me duelen los huesos.
            —¿Tiene hambre?
            —No, solo dame un vaso con agua. Esta maldita enfermedad, no sé por qué no me mata.
            Podía escuchar el agua caer en su estómago. El sonido era nítido.
            —¿No ha llamado Teresa? —me preguntó.
            —No.
            —Deberías de hablarle. Tu tía Tere se va a encargar de vender la casa en cuanto me muera. Dispuse que te diera un dinero, lo suficiente para que busques en donde vivir. Eso sí, por un tiempo. Tendrás que ponerte a trabajar ¿o acaso creías que la anciana te iba a ser eterna?
            Hace mucho que esta casa había dejado de interesarme. Mi permanencia aquí era por ella, para ayudarla a bien morir. ¿Y del mal vivir?, de eso nadie me advirtió. Este lugar se había convertido en una prisión, y no únicamente para nosotras sino también para Augusto que nada debía.
            —¿Y el resto, mamá?
            —Sabía que pronto saldría tu interés.
            —No es eso, solo que…
            —Una parte se la daré tu tía Tere y la otra la enviaré a la ciudad.
            —¿A Héctor?
            —Ese no es tu asunto. No debería de importarte qué hago con mi dinero. Confórmate con saber que no te quedarás sin nada. Te daré lo suficiente para que vivas bien por unos meses.
            Tosía y el aire le faltaba. Traté de asistirla, pero me apartó con violencia.
            —¿Está bien, mamá?
            —Has logrado que la poca tranquilidad que sentía se fuera. Lárgate de aquí y déjame sola. No tolero escucharte decir el nombre de tu hermano. ¡Anda, vete! ¡Sal de aquí, Helena!
            —Pero mamá…
            —¡Pero nada!
            Tomé la jarra y el vaso.
            —Antes de irte abre la ventana.
            —No puedo, le hace daño. El pasto está crecido y hay muchos insectos.
            Mamá insistía en que descubriera la vista al jardín, pero no podía exponer a Augusto. Tiré el vaso y con el impacto los pedazos de cristal se dispersaron sobre la alfombra.
            —¿Qué hiciste, inútil?
            —Enseguida limpio.
            Bajé a la cocina, tomé unas bolsas y llamé a Augusto. Lo encerré en nuestra habitación. Cuando regresé a la recámara mi madre dormía. Recogí los pedazos de vidrio, corrí las cortinas y abrí la ventana. El aire fresco penetró esa habitación oscura que con su podredumbre contagiaba a toda la casa. Un rayo del sol pegó justo en rostro y la despertó. Sus ojos estaban transparentes y su piel seca como una piedra. Con voz amorosa dijo:
            —Ay, mi niño, mi Augusto, te pareces tanto a tu padre.

La tensión de la tarde se extendió hasta la noche y fue imposible dormir. Había demasiada humedad. Augusto giraba de un lado a otro y se rascaba la cabeza metiendo sus dedos entre los cabellos empapados de sudor.
            Salí por un poco de agua. Caminé por el pasillo en penumbras como un animal que conoce bien su madriguera. En la sala me hallé con la luna entrando por el ventanal. El sillón más grande, el antiguo, estaba parcialmente iluminado. Aquel en el que mis padres, Héctor y yo nos tomamos la única fotografía familiar, esa instantánea que mamá guardó para siempre en un buró. Atravesé y entré a la cocina. No quise encender la luz. Bebí directamente del recipiente con agua. Desde hace días había estado negándome a los recuerdos, pero todos ellos cayeron sobre mí en cuanto estuve en el jardín.
            En ese mismo sitio, tiempo atrás, el descubrimiento había desembocado en tragedia. Fue la muerte de mi padre y la sentencia de mamá. Por años creí que su enfermedad había sido mi castigo porque cada vez que la escuchaba quejarse de los dolores insoportables, cada momento que la veía retorcerse y suplicándome que la matara, recordaba que la fuerza que oprimía ese cuerpo había nacido de mí.
            Caminé sobre el pasto que la llovizna había humedecido. Estaba descalza. La casona tenía los años de la ciudad y sus muros se levantaban como una fortaleza. El silencio era lo único que esas grandes paredes no podían contener. En el jardín, inmenso, no pudimos ocultarnos aquella noche en que mi cuerpo se hizo agua bajo el suyo, la madrugada en que sus labios se volvieron la brisa que golpeó a mis senos y me partió el cuerpo. Fuimos descubiertos cuando la entrega era absoluta.
            Sentada sobre el pasto sentí su ligero picoteo. La ventana del cuarto de mamá estaba abierta y la lámpara encendida. Temí que estuviera despierta, que me necesitara. Corrí como se intenta salvar a una niña que se arde en un incendio, pero antes de subir las escaleras me paralicé: parada, frente al sillón, había una figura pequeña. Era posible ver a través de ella como se puede mirar a través de una hoja de papel cuando se le pone frente a la luz. Giró la cabeza y, en la oscuridad, sé que sonrió. Un ardor me dobló cuando sentí algo abrirme la piel. Un pedazo de cristal grueso me había atravesado la planta del pie. Al regresar la mirada me di cuenta de que no había nadie más en ese lugar.

El olor no provenía de algún sitio en especial. Cada rincón de la planta baja apestaba con la misma intensidad. Abrí las ventanas para que el espacio se ventilara.             Augusto parecía no notar esa bruma nauseabunda.
            —¿No lo hueles? —le pregunté.
            —¿Qué, mamá?
            —Nada, hijo. Nada.
            —¿Qué te pasó, mamá?
            Mi pie estaba inflamado hasta la rodilla.
            —Tropecé con un mueble —respondí.
            Subí a verla. Extrañamente en su habitación el olor no era perceptible. La tomé del brazo para ayudarla a incorporarse, pero me rechazó.
            —Apestas, Helena. ¿Dónde te metiste?
            Mamá tomó el vaso con agua que estaba sobre el buró y bebió hasta el fondo.
            —¿Te vas a quedar ahí mirándome? —preguntó.
            —¿Qué quieres que haga?
            —¿No te parece un buen día, querida Heli?
            Había pasado mucho tiempo desde la última vez que me llamó de esa manera.
            —A mí todos me parecen iguales.
            —¡Vamos, hija, qué ánimos son esos! Ni yo que estoy muriendo tengo esa cara —observó mi pie con indiferencia—. No deberías andar por ahí de madrugada, podrías lastimarte otra vez.
            Su recomendación me intrigó tanto como su semblante. Mamá estaba como nunca, no solo era la actitud: su piel había recobrado color y sus palabras ya no se entrecortaban con el ahogo habitual.
            —Hoy me siento un poco mejor. Me gustaría sentarme frente a la ventana. ¿Me ayudas a hacerlo?
            Acerqué unas sandalias y la llevé hasta la silla frente al balcón. Su cuerpo había recuperado temperatura.
            —¿Te acuerdas de tu padre, Helena?
            Asentí.
            —Cómo le dolió lo que hiciste. ¿No te dio vergüenza? Yo creo que no porque te habrías largado. Te quisiste quedar para asegurarte que tu golpe fuera mortal.             ¿Sabes?, a veces siento que ya es momento, que tu padre me toma de la mano y… entonces apareces tú y me devuelves a este infierno. También veo a Augusto. Qué bonito era el jardín, Helena. ¿Te acuerdas cuando tú y tu hermano corrían en él? Siempre llorabas porque Héctor no quería contar para que te escondieras. Crecieron muy rápido. Ahora parece que Augusto siempre será un niño.
            —Mamá…
            —¡Cállate! ¡No tienes derecho a hablar! —se incorporó, pero cayó enseguida. Por unos segundos, por un tiempo muy breve, disfruté de verla en el piso. Anhelé tanto que jamás se levantara.
            —Helena, hija, ayúdame —volvía a ser esa persona débil y dependiente.
            No pude levantarla y la arrastré hasta la cama. De su boca salía un líquido amarillento y no paraba de quejarse. Fui al baño y mojé un pañuelo para limpiar su rostro. Pasé la tela por sus ojos y mejillas. Cuando removía la sustancia de su boca, mamá me mordió los dedos. Caí horrorizada. Mi mano sangraba y ella masticaba los trozos de carne. Mamá gritaba extasiada y yo no podía dejar de verla tragar, me encontraba paralizada. Llegué hasta la puerta arrastrándome y antes de cerrar la miré de nuevo. Toda la noche sus alaridos y un olor a muerte, a carne descompuesta, inundaron cada resquicio del lugar.

            —¿No subirás? —preguntó Augusto.
            No me di cuenta en qué momento se calló. Pensé que quizá estaba muerta ya. No quería verla, no podía hacerlo.
            Las primeras horas de la mañana pasaron en un silencio agobiante. ¿Qué más daba subir y corroborar el fin? A cada paso, el pie me supuraba y desprendía un aroma fétido. Mi mano seguía sangrando y había perdido la sensibilidad en ella. Quité la venda de mis dedos para revisarlos y descubrí las falanges expuestas. La piel se había desprendido totalmente.
            Augusto no preguntaba sobre el asqueroso olor de la casa ni por mis heridas y eso me intrigaba. Él continuaba comiendo sin reparar en esa atmósfera infecta y lúgubre.
            —¿De verdad no hueles, Augusto? —le cuestioné muy enojada.
            —¿Qué, mamá?
            —La casa, todo en este sitio.
            —No, mamá.
            No insistí con las preguntas y lo dejé desayunando en la cocina.
            A medida que subía a su habitación el olor disminuía. Entré y la vi frente a la ventana. Estaba serena y su pelo brillaba.
            —¿Cómo va tu pie, Helena? Anoche habló tu hermano. Quiere venir a la casa, pero le dije que no era conveniente.
            Si era improbable que ella atendiera una llamada, el hecho de que Héctor se comunicara resultaba imposible. Se fue de aquí para no volver. En siete años nunca llamó. Cuando todo ocurrió mamá me apartó de todos y no pude verlo marcharse, despedirme de él. Parí a Augusto en el mismo sitio en donde ahora dormimos. Sin oponerme, condené a mi hijo a vivir en ese pequeño mundo de cuatro paredes y a mirar el cielo desde el jardín, a creer que en el exterior de la casa solo existía la nada. Convertí su prisión en un refugio con plena conciencia de que, atado a mi cuerpo, lo estaba hundiendo; de que yo era esa enorme roca que lo sumergía al fondo de una zona abisal.
            La piel de mi mano se desprendía y la pierna se ponía verdosa. Me era muy doloroso apoyar ya el pie sobre el piso, era un ardor insoportable. Mamá tragaba algo, lo supe porque la vi levantar su cabeza para deglutir, igual que las aves carroñeras cuando devoran un cadáver.
            —¿Hace cuánto tiempo que no duermes, Helena? —me preguntó.
            —Hace algunos días…
            —¿Parecen años, no crees? Yo llevo exactamente siete años —me dijo tranquila.
            Del tocador tomó un peine y me pidió que la cepillara. Comencé a hacerlo de arriba hacia abajo. Conforme la peinaba, el pelo se me caía descubriendo una cabeza pútrida. No me detuve porque quería verla hermosa, quería que mamá se mirara lúcida en el espejo, como antes. Ella tomó mi mano herida y en un solo movimiento devoró lo que quedaba de ella. Mi sangre escurrió por su cuello hasta llegar al camisón. El olor de la casa comenzó a concentrarse ahora en esta habitación. Quise gritar, pero su mirada me oprimió el pecho anulando la fuerza de mi voz. Se levantó de la silla y me condujo hasta su cama. Me recostó con mi brazo sangrante pegado al pecho. Un poder fantasmal me impidió cerrar los ojos. Entonces vi a Augusto entrar a la recámara, sentarse sobre sus piernas y tocarle el pelo con curiosidad juguetona. Ella le acariciaba el rostro y lo llamaba Héctor, como su padre. Allí me quedé yo, mirándolos con mi cuerpo mutilado y rojo. Mamá y Augusto salieron del cuarto y solo escuché cuando la puerta se cerró, tal y como se ocultan los secretos en una tumba.

 

 
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