Guadalupe Angeles
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¿Quién es Clarice Lispector?




El titular un artículo con una pregunta es un arma de dos filos. Por una parte se pretende despertar la curiosidad del lector, y si se logra, habrá que satisfacerla. La otra cara del cuchillo es tener que contestar esta pregunta a sí mismo, pues quien escribe la hace porque quizá aún no la ha contestado a satisfacción. Caminemos pues por la piel de esta hoja de navaja filosa: Clarice Lispector es una escritora deslumbrante. Lo digo desde los ojos asombrados de la joven que fui cuando por primera vez me enfrenté a uno de sus textos, quizá el más conocido en nuestro país: La pasión según G.H. Confieso que fui atraída por este título al encontrarlo en una librería de viejo, porque mis siglas son G.A.H., y creí que encontraría entre las páginas de ese libro algo que pudiera ayudarme a definir para hacer mío el concepto de pasión, ya que, como dije, era muy joven y estaba aún a la espera de las grandes pasiones en mi vida. No sabía entonces que el libro que debí haber leído era precisamente Aprendizaje o el libro de los placeres, ya que en él, Clarice Lispector plantea un nuevo conocimiento, un sondeo profundo en los corazones de dos personajes que intentan amarse más allá de sí mismos, pero dentro de la semilla profunda de su amor.

    Un amor, en Aprendizaje o el libro de los placeres, no es sólo el amor de una mujer por un hombre, es también el profundísimo amor a sí mismo, pero desde la desolada posición de quien ama también al cuerpo del amado intensamente. Y digo desolada, porque esta necesidad física del otro a través del amor, es la que transforma el más profundo sentimiento en cuestión de acuerdo entre los cuerpos, manifestando así la gran contradicción que es el ser humano, su cuerpo, su alma, ávidos ambos de pertenencia. Por ello, penetrar en el mar del amor de Loreley, la protagonista de esta novela, es entrar en un Mar oscuro, mar sereno, el mar de Loreley, es descender a los abismos del yo. Eso es leer a Clarice Lispector; quien tenga el valor para hacerlo, que lo haga.

    Alguien dijo alguna vez (¿fue Juan José Arreola?) que toda expedición del hombre adentro acaba siempre en superficial y vana palabrería. Seguramente quien lo haya dicho, no leyó nunca Aprendizaje o el libro de los placeres de Lispector (recientemente reeditado por Ediciones Siruela, en el número 13 de su colección Libros del Tiempo).

    Esta exploración, este volumen, fue escrito cuando la autora sufría de cáncer, y a punto estaba de alcanzar lo que en términos médicos se conoce como Easy Desperation (Serena desesperación): una sensación inexplicable para quienes jamás la hemos sentido, una manera tibia de esperar la gélida muerte. Y eso se percibe en este libro, un libro de amor extrañamente profundo, dolorosamente profundo porque con su historia nos hace volvernos hacia nosotros mismos, a nuestra manera de vivir el mundo, a nuestra forma de vivirnos a nosotros mismos, de "experimentarnos". Y este interrogarse surge de maneras muy sencillas desde las páginas de Aprendizaje o el libro de los placeres. Véase el siguiente ejemplo: Loreley, la protagonista, que es una maestra de primer año de primaria, busca en su casa un trabajo de un alumno destacado para ayudar a uno de los más pequeños de su clase. Al buscar, inocentemente se pregunta: "Si yo fuese yo y tuviera un documento importante que guardar, ¿qué lugar elegiría?". Y queda "atrapada" en la frase "Si yo fuese yo", pues la lleva, "sin querer, a pensar, lo que en ella era sentir".

    En medio de los dolorosos días por los que estaría pasando mientras escribía estas páginas, Clarice es sorprendida por la vida, dibuja entonces aquel pasaje del libro, cuando Loreley, con sencillez, toma una manzana roja de sobre la mesa en su casa y la muerde; este hecho, su sensación, la lleva a un estado de gracia en el que levemente percibe que sabe, sencillamente sabe, ¿qué?, sólo sabe, y si fuera interrogada, eso respondería, nada más.

  Creo sentir que Clarice Lispector se sabía cerca de la muerte cuando escribe: "No puedo tener una vida mezquina porque no combinaría con lo absoluto de la muerte". Se nota indudablemente esa cercanía al fin, cuando Loreley decide asustada, por la avasalladora fuerza del amor que siente: "...iba a esperar. Iba a esperar comiendo con delicadeza y recato y avidez controlada cada mínima migaja de todo, quería todo, pues nada era demasiado bueno para su muerte que era también su vida, tan eterna que hoy mismo ella ya existía y ya era".

    Es el amor terrible a la vida, la suave desesperación de saber que habrá de irse. Un joven poeta canadiense, José Acqueline, dice lo mismo, pero de esta manera: "...el sentido lúcido de que cada instante te acerca a ella. Envejecer es acercarse a la muerte. Es una fórmula. Pienso que es un lugar común decir que vivir es morir, pero es importante decirlo; porque cuanto más se vive, más se acerca uno a la muerte. Cuanto más envejeces, más rejuvenece la muerte." (1)

    Ambos, Lispector y Acqueline, cada uno con sus palabras, expresan el deslumbrante e ignorado misterio de estar vivo. Así, en este milagro cotidiano (vivir), a la manera del Tao, tocan la raíz de la vida encontrando en ella la íntima contradicción que la alimenta; y una vez que ha sucedido este encuentro, no es sorpresivo que este sencillo milagro, morder una manzana, lleve a Loreley a una profunda reflexión, y esa reflexión la envuelva en una gracia, no de santa, sino aquella propia "...de una persona común que de pronto se vuelve real, porque es común y humana y reconocible y tiene ojos y oídos para ver y oír", ver y oír, sí, bíblicamente.

    Y tras la gracia (toda ella indagación silenciosa que lleva a la sensación de plenitud innombrada por innombrable), Loreley es, sencillamente, como Clarice estaba siendo al "escribirla", al darle vida, una vida plena, pues una vez que cesa la gracia, Loreley "había salido (de ella) mejor criatura de lo que entrara".

    En este pequeño capítulo, cerca del final de la novela, apreciamos a su autora, a sus palabras transparentemente filosóficas: "Y justamente porque después de la gracia la condición humana se revelaba en su pobreza implorante, se aprendía a amar más, a esperar más. Se pasaba a tener una especie de confianza en el sufrimiento y en sus caminos tantas veces intolerables. Había días que eran tan áridos y desérticos, que ella daría años de su vida a cambio de unos minutos de gracia."

    Páginas adentro, el lector se acerca a una cierta percepción, descubre algo: como si el ser humano fuera un fruto y al madurar del árbol de la vida cae a la tierra de la muerte, sin miedo, con la tranquilidad leve de quien casi toca esa tierra. Clarice Lispector tuvo esa revelación y lo dejó por escrito en este libro, más que novela, exploración, en cuyo aire, a ratos enrarecido, se respira la fría certeza de existir sabiéndolo, sintiéndolo, sin consuelo posible. No es posible encontrar consuelo, nada, mientras vivimos, nos cura de la herida abierta que es vivir.

    Eso supo, eso escribió Clarice Lispector en Aprendizaje o el libro de los placeres, donde a cada página cree uno encontrarse ante el más importante aprendizaje, puesto que Loreley también habla de Dios ("del Dios") y uno cree posible que posean "la verdad" las palabras que esta mujer escribió cerca de la muerte: "...se puede aprender todo, incluso a amar (...) ¡se puede aprender a tener alegría!, (...) el placer no era para jugar con él. El placer era nosotros".
Sí, el mar del yo puede también ser un mar sereno. Esta escritora lo descubrió (lo sé), al escribir dicho libro.

    Demos ahora la palabra a Loreley, la protagonista de esta novela:

"Alivia mi alma, haz que sienta que tu mano está cogida de la mía, haz que sienta que la muerte no existe porque ya estamos en verdad en la eternidad, haz que sienta que amar no es morir, que la entrega de sí mismo no significa la muerte, haz que sienta una alegría modesta y diaria, haz que no te indague demasiado, porque la respuesta sería tan misteriosa como la pregunta (...) bendíceme para que viva con alegría el pan que como, el sueño que duermo, haz que tenga caridad hacia mí misma, pues si no, no podré sentir que Dios me amó, haz que pierda el pudor de desear que en la hora de mi muerte haya una mano humana para apretar la mía..."
      Escuchemos ahora la voz de Ulises, el protagonista masculino:
"Yo podría tenerte con mi cuerpo y con mi alma. Esperaré aunque sean años a que tú también tengas cuerpo-alma para amar (...) Mira a todos a tu alrededor y ve lo que hemos hecho de nosotros y de eso considerado como victoria nuestra de cada día. No hemos amado por encima de todas las cosas. No hemos aceptado lo que no se entiende porque no queremos pasar por tontos (...) No tenemos ninguna alegría que no haya sido catalogada (...) Hemos tratado de salvarnos, pero sin usar la palabra salvación para no avergonzarnos de ser inocentes (...) Hemos disfrazado con el pequeño miedoz el gran miedo mayor y por eso nunca hablamos de lo que realmente importa (...) Hemos sonreído en público de lo que no sonreiríamos cuando nos quedásemos solos (...) Nos hemos temido el uno al otro, por encima de todo. (...) Pero yo escapé de eso, Lori, escapé con la ferocidad con que se escapa de la peste, Lori, y esperaré hasta que tú estés más preparada".
    Clarice Lispector es una nueva manera de ver el mundo, pero es sobre todo, el no temor a las palabras, a esas que expresan la ira y los más escondidos secretos que habitan dentro de sus personajes que son siempre seres nada irreales. Al contrario, Clarice acostumbra dibujar con trazos claros y contundentes a esos que caminan por las calles y en un gesto nos descubren su vida sin saberlo. Léase si no La hora de la estrella (publicada también por editorial Siruela), crónica de los trabajos de un escritor que pretende lanzar su grito de violencia a la vida tras contemplar la desesperación en la mirada de una joven humilde vista al pasar. Clarice es el no miedo, quiero dejarlo claro: el no miedo; lo sé pues ella dice en esta novela, al referirse a su personaje: "Podría resolverlo por el camino más fácil, matar a la niña-infante, pero quiero lo peor: la vida".

    Claro que Clarice se ha disfrazado de este escritor que con gran esfuerzo, a veces en contra de sí mismo, escribe el libro que tenemos en las manos y no sabe bien cómo hacerlo. A la manera de Josefina Vicens, en El libro vacío, escribe un libro desde la incapacidad de escribirlo y se plantea, a través de esa duda inaplazable que guarda en su centro, la validez de su propia existencia. Maneja, pues, materiales peligrosos este autor que no tiene nombre pero es de sexo masculino, y debe serlo para no echarse a llorar al intentar escribir esta historia simple, pero profunda, que consta de pequeños hechos que manifiestan la miseria de vivir sin saber que se vive, o la miseria de vivir simplemente y decirlo dando voz a la joven Macabea, quien no sabe casi nada de sí misma sino casi al final, cuando ya no es posible (aunque quizá nunca fue posible) vivir otra vida.

    Clarice se dio a la tarea de echar al mundo libros como éste, reflexivos, atentos a poner sal en la herida, libros como gritos que gritan por los que callamos y en nuestro silencio somos cómplices. Ya se sabe, nadie es culpable de la miseria y los somos todos. Reconocer lo poco humano que el mundo le ha permitido ser a Macabea, describir cómo es que ella apenas roza lo humano, pero es profundamente libre en su ignorancia de sí misma, ello es lo que determina que Clarice sea el no miedo, ¿no lo es si escribe muy cerca de la muerte Un soplo de vida?. Este libro recientemente publicado también por la editorial Siruela (el cual es posible encontrar en las librerías de la ciudad de México), es una obra póstuma que fue ordenada por Olga Borelli después de la muerte de Clarice. Un soplo de vida fue la obra que dejó en su escritorio y que le sobrevive, con esa vida intensa que supo imprimir en todos sus libros; éste, creado a la orilla de la vida, es su testamento explícito, es la confirmación de que sólo un autor valiente es capaz de aceptar y analizar (con la morosidad propia de quien estudia un caso único) su incapacidad para recibir la muerte.

    Pero hay más, mucho más de Clarice: está ese personaje que frente a un rinoceronte en el Zoológico sabe que es la figura ideal para encarnar el odio que le habita, pues cansada de dar amor ha decidido odiar, y que mejor sino a través de ese ser imposible en el mundo suave de una mujer que ama, esa mujer ve al rinoceronte y sabe que puede matar, que es capaz de odiar como cualquiera, eso la redime, eso más allá de las lágrimas.

    Las frases, las benditas frases que transmiten el no miedo: en La hora de la estrella:

"Quien no se ha preguntado: ¿soy un monstruo o esto es ser una persona? (...) qué hacer sino meditar para caer en aquel vacío pleno que sólo se alcanza con la meditación. Meditar no tiene que dar resultados: la meditación puede verse como fin de sí misma. Medito sin palabras y sobre la nada. Lo que me confunde la vida es escribir (...) el vacío tiene el valor de lo pleno y se asemeja a ello. Un medio de obtener es no buscar, un medio de tener es no pedir y sólo creer que el silencio que forjo en mí es respuesta a mí..., a mi misterio (...) Quiero aceptar mi libertad sin pensar en lo que muchos creen: que existir es cosa de locos, un caso de demencia. Porque lo parece. Existir no es lógico (...) Los hechos son sonoros, pero entre los hechos hay un susurro. Y ese susurro es lo que me impresiona (...) Que la vida es así: se pulsa un botón y la vida se enciende. Sólo que ella no sabía cuál era el botón que había que pulsar (...)".
del cuento "Una amistad sincera": "Sólo mucho después comprendería que estar también es dar".

    Este fragmento diáfano, titulado Silencio:

"Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aún el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta —cómo ardemos por ser llamados a responder—, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento. Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio..."
    Dejé atrás la anécdota de La pasión según G.H. porque es también simple pero abismal en su contenido: una mujer, tras una reflexión que cubre casi todas las páginas del libro, se encuentra de frente a un insecto, una cucaracha; parte su cuerpo por la mitad al dejarla presa entre la puerta de un armario, ve manar la sustancia blancuzca de dentro de su cuerpo y sabe que eso es la esencia de la vida, la vida animal que hasta entonces se había negado a admitir que ella era, debe entonces probarla... y si he mencionado esto sólo de la novela es porque la inquietud física (ese arquearse involuntario) que produce el hecho, reproduce exactamente la experiencia de leer a Clarice Lispector. Y he aquí lo registrado en la novela en ese momento culminante:
"Santa María, madre de Dios, ofrezco mi vida a cambio de que no sea verdad aquel momento de ayer. La cucaracha con la materia blanca me miraba. No sé si me veía. No sé lo que ve una cucaracha. Pero ella y yo nos mirábamos y tampoco sé lo que una mujer ve. Pero si sus ojos no me veían su existencia me existía —en el mundo primario donde yo había entrado, los seres existen a los otros como forma de verse. Y en ese mundo que yo estaba conociendo, hay varias formas que significan ver: uno mira al otro sin verlo, uno posee al otro, uno come al otro, uno está sólo en un rincón y el otro está allí también: todo eso también significa ver. La cucaracha no me miraba con los ojos sino con el cuerpo (...) Lo que yo veía era la vida mirándome. Cómo llamar de otro modo a aquello horrible y crudo, materia prima y plasma seco, que estaba allí, mientras yo retrocedía hacia dentro de mí en naúsea seca, yo cayendo siglos y siglos en el lodo —era lodo y ni siquiera lodo ya seco, sino lodo aún húmedo y aún vivo, era un lodo donde se movían con lentitud insoportable las raíces de mi identidad".
    Debo anotar aquí una frase que pronunció en una entrevista a propósito de este libro: "Sí, escapó del control cuando yo, por ejemplo, supe que la mujer G.H. iba a tener que comerse el interior de la cucaracha. Me estremecí de miedo".

    La escritora francesa Hélène Cixous, seducida por la obra de Clarice Lispector, ha escrito en "La risa de la medusa. Ensayos sobre la escritura", a propósito de la obra de esta mujer extraordinaria, las frases que a continuación reproduzco, frases en las que se descubre que supo leerla como una mujer que lee líneas de mujer, sin que esto sea interpretado como algo anómalo; al contrario, es sólo la personalidad de una mujer suave y reflexiva, heroica a la hora de vivir la vida de todos los días, y clara y contundente a la hora de escribir:

    "Las cosas hermosas sólo llegan por sorpresa. Para proporcionarnos placer (...) Que imponga su necesidad como valor sin dejarse intimidar por el chantaje cultural (...) Un lugar de lucidez donde nadie confunda un simulacro de existencia con la vida (...) la vida está aquí, exactamente, y no me equivoco. Después, la muerte."
    Y esas palabras que definen su mundo exquisito y terrible, terrible pues mira de frente siempre a la muerte, expresan la propia voz profunda de Clarice, quien en Silencio dijo: "Es hacia mí adonde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe..."

    Marly de Oliveira dice, al referirse a Clarice: "Así pues, una persona sensible, angustiada con el hecho de no saber por qué se vive, que creó una obra acerca de ese no saber...".

    ¿Qué nos dice de ella su epitafio? (tomado de La pasión según G.H.): "Dar la mano a alguien siempre fue lo que he esperado de la alegría".

    ¿Cuáles son sus libros? Las novelas: Cerca del corazón salvaje, La manzana en la oscuridad, La pasión según G.H., Aprendizaje o el libro de los placeres, Agua viva, A vida íntima de Laura; Los libros de cuentos: La legión extranjera, Silencio, Lazos de familia, Felicidad clandestina, A vía crucis do corpo, A Mulher que Matou os Peixes. Falta enumerar muchos, la cuestión es que muchos de éstos y de los no nombrados no han sido traducidos al español.

    ¿Quién es Clarice Lispector? Ella contesta: "Nací en Ucrania, pero ya en fuga. Mis padres pararon en una aldea que ni aparece en el mapa, llamada Tchetchelnik, para que yo naciera, y se vinieron al Brasil, adonde llegué con dos meses. De manera que llamarme extranjera es una tontería. Soy más brasileña que rusa, evidentemente (...) Cuando tenía catorce o quince años, escribí un cuento y lo llevé a una revista que se llamaba Vamos a leer, me quedé allí, de pie. Yo era lo que sigo siendo, una tímida atrevida. Soy tímida, pero me lanzo. Le dí el cuento para que lo leyera y dije: 'Es para que usted vea si lo publica'. Lo leyó, me miró y dijo: '¿Has copiado esto de alguien? ¿Lo has traducido de alguien?' Respondí que no y lo publicó..."(2)

    También alguna vez dijo: "Nací para amar a los demás, nací para escribir y para criar a mis hijos. Amar a los demás es tan vasto que incluye incluso perdón para mí misma, con lo que sobra. Amar a los demás es la única salvación individual que conozco: nadie estará perdido si da amor y a veces recibe amor a cambio"

    Ella estudió Derecho y se casó en 1943 con Maury Valente, diplomático con quien estuvo fuera del Brasil entre 1944 y 1960, precisamente en Nápoles, Berna y E.E.U.U.; tuvo dos hijos, se separó en 1959, tradujo al portugués a Oscar Wilde, Edgar Allan Poe, Jack London, Bella Chagall, Agatha Christie, John Farris, Anne Rice Farris, Anne Rice, traducciones hechas para sobrevivir. También escribió en varios periódicos, pues toda su vida mantuvo su contacto con la prensa iniciado en 1941, le costó trabajo publicar sus libros en su propio país, pues escribía (decían) cosas extrañas; murió de cáncer en 1977 a los 52 años.

    Clarice Lispector ha sido reconocida como una escritora extraordinaria en su país y fuera de él. Su escritura, como ya se ha observado por los ejemplos dados, es plena y diáfana, es claridad y desasosiego, y más allá de lo que puedan decir las palabras, su escritura respira, vive su propia vida intensa.

    Para dar una respuesta a la pregunta del principio, quizá sería válido decir: Clarice es el no miedo, es decir, la pasión, la desnuda vida.


Notas:

1. Revista Alforja, no. XI, p. 75.
2. Tomado de Declaraciones autobiográficas y literarias.


Guadalupe Ángeles. Nació en diciembre de 1962 en Pachuca, Hidalgo. Actualmente reside en Guadalajara, Jalisco.
    Participó en el Taller de Narrativa coordinado por Humberto Guzmán en la Casa del Lago de la UNAM en Chapultepec, D.F., en el Taller de Poesía de Ricardo Yáñez en 1983 en Guadalajara, Jalisco y fue miembro del taller de novela “El círculo de la casa tinta” coordinado por Víctor Manuel Pazarín.
    Ha publicado en los diarios jaliscienses: El Occidental, El Financiero, en el suplemento dominical de El Informador y en Ágora, suplemento cultural del Diario de Colima.
    En 1993 la Editorial Mala Estrella publicó su libro de relatos Souvenirs; Sobre objetos de madera (cuentos), fue publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 1994; Suite de la duda (también de relatos) apareció en 1995 en la colección Los cuadernos del jabalí, de la Editorial del Gobierno del Estado de Jalisco; un cuento suyo fue incluido en la antología Cuentistas de Tierra Adentro III, publicada en abril de 1997; algunos de sus trabajos fueron recopilados en la Muestra de literatura contemporánea de Jalisco, editada por la Universidad de Guadalajara en septiembre de 1997, asimismo en noviembre de 1998 Extremos, Cuento último de Guadalajara, antología preparada por la Editorial Arlequín incluyó una narración suya.
    Su novela Devastación, obtuvo Mención Honorífica en el Concurso Juan Rulfo para Primera Novela, convocado por el gobierno de Tlaxcala en 1998 y en 1999 ganó el Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, convocado por el gobierno de Chiapas.
    Participó activamente en los nueve números que vieron la luz de la revista de literatura Soberbia.


 
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